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¿Hasta cuándo?

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No sé dónde esconderme. No sé qué cara poner ante lo que veo, escucho y leo. Quiero creer que más allá de las tendencias que toman forma en estos días aciagos de crisis sanitaria con el inevitable añadido de la crisis social y económica, habrá una mejora de la conciencia, si no colectiva, al menos individual y si es posible mayoritaria. Tal vez sea una falsa ilusión.

Cuando ves que las colas para conseguir alimentos crecen exponencialmente. Cuando te enteras de las terribles necesidades que muchos individuos, muchas familias y colectivos están sufriendo por culpa de esta pandemia. Cuando sabes de la desesperación de tantos, del fallecimiento de aquellos que la inevitable atención al Covid19 ha dejado sin asistencia a sus otras dolencias con el consiguiente agravamiento. Cuando te enteras, aunque sean datos que suelen ocultarse, que incluso han aumentado los suicidios.

Cuando te enfrentas a todo esto, te ataca un dolor intenso, un dolor innombrable que no sabes cómo quitarte de encima sin arrancarte la piel en el intento.

La sensación de impotencia crece cuando te llegan noticias de que en medio de la penuria de la mayoría, hay minorías que apenas se ven afectadas. Cuando observas la rapiña de las entidades financieras, incluso de las que han sido rescatadas en sus peores momentos, incapaces de la más mínima solidaridad. Cuando te enteras de que el turismo de lujo está al alza y proliferan villas exclusivas, yates, resorts de alto nivel y vacaciones de diseño exclusivo. Cuando lees que el mercado del lujo es el menos afectado por la crisis y que incluso se ve beneficiado de modo inversamente proporcional al descenso de otros mercados humildes.

Cuando te avisan desde arriba de que las cosas tardarán en recuperarse, que habrá que sacrificarse; y sospechas que ese sacrificio te lo van a pedir a ti, pero no lo van a hacer los que te lo piden.

La mala sensación, el amargo sabor de boca se dispara cuando puedes poner nombre y apellidos a la locura de la diferencia social que aumenta sin precedentes. Por poner un ejemplo, hablaré de la ausencia de gestos solidarios de la Casa Real española, que no ha sido capaz de renunciar ni siquiera a una parte de sus enormes ingresos personalizados, pese a tener todos sus muchos gastos cubiertos. No basta con acudir a lugares donde la gente sufre, no basta con celebrar actos de memoria por los fallecidos, no basta con pasear el palmito por las calles.

Si esto se hace en el primer nivel social del país, qué se puede esperar de los otros niveles inmediatos. Pues exactamente lo mismo. Salvo algún caso honroso, no se han hecho desde arriba gestos realmente solidarios, nadie ha renunciado a privilegios económicos, nadie o casi nadie ha estado a la altura allá en lo alto.

La solidaridad ha estado en los profesionales de la medicina y otros servicios, en el esfuerzo de las asociaciones vecinales —las mismas que la ultraderecha quiere borrar de un plumazo—, en mucha gente corriente que ha hecho todos los gestos que se han ahorrado la mayoría de los privilegiados. Las excepciones, ya lo sé, las hay de todos los tipos. Pero son eso: excepciones, y confirman la maldita regla.

Puestas así las cosas, no paro de pensar lo inevitables que fueron las revueltas a lo largo de la Historia. ¿Alguien se extraña de que, ante el abuso y el desprecio, saltasen las masas en la Revolución Francesa, aunque acabase luego cayendo en la locura?

¿Alguien piensa que no era inevitable la rebelión de esclavos y gladiadores con Espartaco, aunque les costase a todos la muerte? No cito otras muchas ocasiones en que los oprimidos saltaron ante la injusticia, el abuso y la prepotencia, aunque bien es cierto que casi siempre terminaron en el horror. Sospecho que ahora estamos bastante más domesticados.

Y a estas alturas, con lo que veo y lo que me temo que veré, sigo sin saber qué cara poner, dónde esconderme y cómo soportar la vergüenza y el asco que me asaltan.

Enrique Gracia Trinidad

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