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La guerra biológica en la que estamos

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La verdad es que todos tienen su verdad.

Cada uno la suya. De forma inevitable. El asesino y la víctima.

Y bueno, si admitimos, también como indiscutible, que somos fruto de la conciencia universal, cada uno de los casi ocho mil millones de seres humanos que la estamos encarnando en este momento.

no queda más remedio que admitir que lo que nos pase, a nivel personal o colectivo, es fruto de esa conciencia.

Y que no hay nada que hacer, más que lo que venimos haciendo, excepto preocuparnos y entristecernos. ¡Hay que recuperar la risa y la sonrisa para que la vida valga vivirla!

Lo que pueda hacer uno entre ocho mil millones, es tan insignificante que no vale la pena ni molestarse en dejar de hacer lo que más gracia nos haga, o lo que nos haga sentir mejor. Incluidos los grandes esfuerzos. Como arar un campo y plantar cientos de semillas. O ensoñar ser amados por el Universo.

Ya éramos eternos antes de encarnar, como toda la energía. Nunca nacemos más que a un cambio de forma. Nunca morimos más que a un cambio de forma. ¿Por qué renunciar a ninguna sonrisa? A ninguna expresión de amor y de alegría.

Estamos mirando socialmente a la muerte a la cara.

¿Por qué tener miedo?

¿Morir de hambre por parar la economía o morir por el virus?

Casi mejor morir por el virus, porque moriremos menos.

Porque los que queden tengan mejor vida, y puedan conducir coches eléctricos en un planeta limpio.

Tenemos que tomar partido. Cada uno con su verdad. Con lo que su vida le ha dado para comprender.

La humanidad siempre ha salido adelante, por la solidaridad, por la colaboración, por la entrega alegre de la mayoría. Por compartir el riesgo y el peligro. Por defender a los que amamos.

Nuestros parásitos, los aristócratas vagos, los ricos y vagos, los inútiles prepotentes, son los que se defienden a sí mismos. Los que cruzan el paso de cebra sin mirar, con el cochecito del niño por delante.

Realmente la humanidad digna somos la inmensa mayoría. Lo que no sé por qué tenemos la costumbre de hacerles caso a los vagos.

¿La muerte? ¡Nacimos para morir! Y necesitamos vivir sin miedo.

Que trabajen los de las vacunas y los fiscales y policías que detengan a los que han fabricado y soltado el virus. A los que se enriquecen con la contaminación del planeta.

Que dejemos de permitir gobernar nunca más a los vagos. A los titulados por vagos. A los cobardes.

¿Cómo no iban a llevarnos al desastre, siempre mintiendo, estorbando a la conciencia?

Y, si hay que cambiar de forma, con dignidad, en defensa de la vida alegre.

¡Porque así se pasa a la parte alegre de la nueva forma!

Angel Luis Cancela Zapatero

 
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